lunes, mayo 15, 2006

Celebra la tolerancia, o estás muerto.

Celebra la tolerancia, o estás muerto.


por Mark Stein.

El Reloj.com


2006-05-06 22:44:00

Allá en Suecia han estado investigando la Gran Mezquita de Estocolmo. Aparentemente, es un hipermercado para todas tus necesidades de la jihad: puedes comprar cassettes en la mezquita animándote a convertirte en mártir y salir a toda mecha a matar “a los hermanos de los cerdos y los monos" -- léase judíos. De modo que alguien presentó una denuncia por incitación racial y los polis empezaron a investigar, y el canciller de justicia de Suecia, Goran Lambertz, entró en escena. Y el Sr. Lambertz decidió cerrar la investigación con el argumento de que, incluso si lo de la familiaridad porcina es "altamente degradante", este tipo de conversación "debería ser juzgada de modo distinto -- y por lo tanto calificada como permisible -- porque fue utilizada por una parte en un conflicto en curso de gran alcance donde los llamamientos a las armas y los insultos son parte del clima diario en la retórica que rodea este conflicto".

En otras palabras, si amenazas con matar gente con la suficiente frecuencia, será visto como parte de tu vibrante tradición cultural -- y, por definición, todos estamos satisfechos con eso. Celebrar la diversidad, etc. Nuestra tolerante sociedad multicultural es tan tolerante y tan multicultural que toleraremos tu uniculturalismo intolerante. Tú antipatía hacia la diversidad es simplemente otra forma de diversidad que nosotros celebraremos.

Con respecto a la diversidad, Europa es un lugar muy curioso -- y me refiero según incluso los estándares canadienses. En su último libro, La fuerza de la razón, la audaz Oriana Fallaci, la periodista más leída y más demandada de Italia, rememora a algunas de sus recientes dificultades legales con los chantajistas de la diversidad Continental. La Oficina Federal de Justicia de Berna solicitó al gobierno italiano que la extraditase a causa de su libro más reciente, La ira y el orgullo, de modo que pudiera ser acusada bajo el Artículo 261b del Código Penal suizo. Como ella señala, el Artículo 261b fue promulgado con el fin de permitir que los musulmanes "ganen cualquier demanda ideológica o privada invocando racismo religioso o discriminación racial. 'Él-no-me-detuvo-porque-sea-un-ladrón-sino-porque-soy-musulmán'". También ha sido denunciada en Francia, donde las demandas contra los escritores son hoy rutinarias. Ha tenido denuncias en su Italia nativa y, a causa de la Orden Europea de Arresto, que incluye acusaciones de "xenofobia" como argumento de extradición de una nación de la UE a otra, hoy es inseguro que ella ponga un pie en la mayor parte del Continente. Lo impresionante es el abanico de oposición organizada: el Centro Islámico de Berna, la Asociación Somalí de Ginebra, el SOS Racismo de Lausanne, y un grupo de inmigrantes musulmanes, sólo por nombrar una muestra arbitraria de sus demandantes suizos. Tras los atentados de Londres y los disturbios franceses, el commentariat se alineó para lamentar que los musulmanes europeos estén insuficientemente "asimilados". Pero, de hecho, al menos en su manejo de legalismos y victimología, están soberbiamente asimilados. Uno podría decir lo mismo del imán que picó mi anzuelo en The Western Standard a la Comisión de Derechos Humanos de Alberta a causa de la publicación de las viñetas danesas.

Atormentada por el cáncer, Oriana Fallaci pasa la mayor parte de su tiempo en una de las pocas jurisdicciones del mundo occidental donde no corre aún peligro legal -- la ciudad de Nueva York, donde redacta magníficos textos con la esperanza de animar a Europa a salvarse. Buena suerte con eso. Escribe en italiano, por supuesto, pero se traduce ella misma en lo que llama "las singularidades del inglés de Fallaci”, y el resultado es un aria de improvisado nervio, apasionada y algo impredecible. Está llena de hechos, empezando con la caída de Constantinopla en 1453, cuando Mehmet II celebró con decapitación y sodomía, y algunos tipos con suerte se encontraron al otro extremo de ambas. Esta sección es una lectura viva en una era en la que la mayor parte de los occidentales, conscientemente o de otro modo, adoptan la alegre falta de interés del maravilloso pareado de Jimmy Kennedy en su éxito de los años 50 Estambul (no Constantinopla):

¿Por qué Constantinopla se llevó la peor parte?

Eso no es asunto de nadie aparte de los turcos.

La Signora Fallaci se traslada después a los ejemplos más animados del islam contemporáneo -- por ejemplo, el “Libro Azul” del ayatolá Jomeini y su provechoso consejo en materia romántica: "Si un hombre se casa con una mujer que haya alcanzado la edad de 9 años y durante la desfloración rompe inmediatamente el himen, ya no la puede disfrutar más". Toma ya. Siempre arruina mi noche. También: “Un hombre que haya tenido relaciones sexuales con un animal, como una oveja, no debe comer su carne. Cometería pecado". Cierto. Un cigarrillo en silencio después mientras escuchas tu LP favorito de Johnny Mathis y después una promesa de llamarla la semana que viene y pasear por los pastos es de lejos la mejor manera. Puede que también sea pecado asar a tu esposa de nueve años, pero el ayatolá no es claro en eso.

Espinoso como es, no es nada en el círculo próximo de diversidad cultural de Fallaci -- el placer extrañamente masoca que los líderes europeos obtienen de rebajarse a sí mismos y ensalzar al islam. Empezando por el ministro de exteriores alemán Hans-Dietrich Genscher en el Simposio de Hamburgo del Diálogo Euro-Árabe en 1983, la Signora Fallaci compila occidentales a lo largo de un cuarto de siglo que han insistido en que todo lo que usted conoce fue inventado por el islam: el papel, la medicina, los sorbetes, las alcachofas, y sigue y sigue y sigue.

“Siempre inteligentes, los musulmanes. Siempre en la cima. Siempre ingeniosos. En filosofía, en matemáticas, en gastronomía, en literatura, en arquitectura, en medicina, en música, en derecho, en hidráulica, en la cocina. Y siempre estúpidos, nosotros los occidentales. Siempre fuera de lugar, siempre inferiores. Obligados por tanto a estar agradecidos a algún hijo de Alá que nos precedió. Que nos iluminó. Que actuó como profesor escolar que dirige a debiluchos alumnos”.

Esto, me parece a mí, es la contribución más valiosa del trabajo de Oriana Fallaci. Disfruto de la parte de no te comas a tu pareja sexual tanto como cualquier infiel, pero el desafío planteado por el islam no es que las ciudades del mundo occidental estarán llenas de salidos con las ovejas. Si tuviera que elegir, preferiría que Mohammed Atta fuera río abajo atacando al ganado en lugar de atravesar las ventanas de los rascacielos de Manhattan. Pero no es así. Y un motivo por el que los musulmanes occidentales parecen tan confiados es que los europeos como Herr Genscher, al postular una elección entre un "islam" generalizado y "Occidente", han promovido inadvertidamente un pan-islamismo globalizado que se ha convertido en una profecía que se cumple por sí misma. Después de todo, Alemania tiene turcos, Francia tiene argelinos, Gran Bretaña tiene paquistaníes, Holanda tiene indonesios. Incluso aunque todos son musulmanes, las diferencias entre ellos han sido muy significativas: sunníes contra chi'íes, islam árabe contra la forma más moderada que prevalece en el sureste de Asia.

Hace mucho tiempo solíamos comprender esto. En los últimos años he notado que, si sacas de la estantería cualquier antiguo tomo de historia del siglo XIX, las observaciones a pie de página acerca del islam parecen más formadas que la mayor parte de los comentarios presuntamente expertos aparecidos en el año posterior al 11 de Septiembre. Por ejemplo, en Nuestra crisis: o tres meses en Patna durante la insurrección de 1857, William Tayler escribía, “Con los sunníes, los wahabíes llegan a término de acuerdo tolerable, aunque difieren en ciertos puntos, pero con los chi'íes difieren radicalmente, y su odio, como todo odio religioso, es amargo e intolerante. Pero la característica más llamativa de la secta wahabí, y que concierne principalmente a esta narrativa, es la servidumbre total que rinden al Par, o guía espiritual”.

Tayler, funcionario menor en Bengala, era un “multiculturalista genuino”. Es decir, aunque veía su propia cultura como superior, estaba lo bastante intrigado por las costumbres de otros como para estudiar las diferencias entre ellos. Por el contrario, el multiculturalismo contemporáneo absuelve a uno de saber algo acerca de otras culturas mientras uno se sienta cómodo y condescendiente hacia ellas. Después de todo, si es profundamente crítico decir que una cultura es mejor que otra, ¿por qué molestarse en aprender sobre las diferencias? “Celebra la diversidad” con una ignorancia uniforme. De haber estado rondando William Tayler cuando estaba en marcha la islamización de Occidente y se le dijera que abrían una mezquita al final de la calle, él habría querido saber: ¿qué clase de mezquita? ¿Quién es el imán? ¿Qué rama del islam? Los imperialistas de la vieja escuela nunca se daban por satisfechos con sentir la condescendencia de los progresistas de la corrección política.

He aquí a Tayler otra vez: “Los pilares profesados originalmente por los wahabíes se han descrito como puritanismo mahometano mezclado con filarquía beduína, en la que el gran jefe es tanto el líder político como el religioso de la nación”.

Justamente. En 1946, al Coronel William Eddy, el primer ministro norteamericano en visitar Arabia Saudí, el fundador del país, Ibn Saud, le dijo: “Utilizaremos su hierro, pero usted dejará nuestra fe en paz”.

William Tayler podría haber cuestionado si ese era un acuerdo tan fenomenal. La Casa de Saud utilizó el “hierro” de los americanos para enriquecerse y para exportar la forma más dura e inflexible de islam a los Balcanes y a Indonesia y a Gran Bretaña y a Norteamérica.

Este islam renaciente -- promovido por una alianza maligna entre los saudíes y Europa -- es un ejemplo mucho mejor de globalización que McDonald's. En Bangladesh y Bosnia, está dejando en la ruina a los islams locales e imponiendo la versión de talla única Wahab-Mart montada por algún tipo en la sede central de Riyadh. Una forma de invertir sus beneficios sería una especie de enfoque antitrust diseñado para restaurar todos los islams de negocio familiar menos amenazadores sacados del negocio por la versión de globalización Burka King de los saudíes. Si un William Tayler del siglo XXI es inverosímil, quizá Naomi Klein podría encajar.


MARK STEYN es periodista canadiense, columnista y crítico literario natural de Toronto. Trabajó para la BBC presentando un programa desde Nueva York y haciendo diversos documentales. Comienza a escribir en 1992, cuando The Spectator le contrata como crítico de cine, Más tarde pasa a ser columnista de The Independent. Actualmente publica en The Daily Telegraph, The Chicago Sun-Times, The New York Sun, The Washington Times y el Orange County Register, además de The Western Standard, The Jerusalem Post o The Australian, entre otros.

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